EL CRÍTICO COMO ACOSADOR: CHRISTOPHER DOMÍNGUEZ MICHAEL

Nota: A raíz de la petición No al ingreso de Christopher Domínguez a El Colegio Nacional por su discurso machista” en apoyo subí a mi cuenta de twitter (https://twitter.com/heriberto_yepez) algunas imágenes de páginas de mis lecturas de sus libros donde, efectivamente, el crítico de Vuelta y Letras Libres, muestra su misoginia. Aquí ahora subiré algunos apuntes a citas más extensas, comentándolas. 

I. EL CRÍTICO COMO ACOSADOR SEXUAL

Hay un número excesivo de lugares donde la escritura de Christopher Domínguez Michael declara su fascismo sin tapujos. A los escritores (varones) los critica o intenta rebajar cuando denuncian la injusticia, se oponen al capitalismo o registran el habla popular. Domínguez Michael inferioriza literaturas masculinas que no obedezcan su ideario de intelectual derechista y clasista. Pero con las escritoras, en general, Domínguez Michael desvaría con mayor facilidad.

Por ejemplo, su artículo “Fotografías de Victoria Ocampo” –incluido en su libro La utopía de la hospitalidad que le editó Octavio Paz en su editorial Vuelta en 1993– es otro de esos lugares donde la crítica misógina de Domínguez Michael se confiesa en toda su extensión.

Dominguez - Portada de La utopia

El crítico supuestamente comentará la Autobiografía de Victoria Ocampo pero, como veremos, lo que hará es convertirla en su objeto sexual. Hacia la mitad del artículo, Domínguez nos quiere hacer creer que Ocampo es una intelectual fracasada y prácticamente una frígida. Nos relata que Ocampo ha organizado encuentros con escritores que respeta, como Radindranath Tagore, Josep Keyserling y José Ortega y Gasset. Luego Domínguez comienza cada vez más a identificarse con estas figuras que retrata frustrados por no haber podido convencer a Ocampo o forzarla a tener sexo con ellos. Escribe Domínguez:

“En su Autobiografía nos cuenta que el fracaso de sus relaciones personales con aquellas glorias electivas se debió a que éstas se querían acostar con ella… [Tagore] no entendía por qué el sexo no formaba parte de las atenciones que recibía” (p. 144). No hay crítica de esta actitud machista, al contrario, Domínguez Michael parece bastante divertido con la situación: “Ortega y Gasset escribió el prólogo a De Francesca a Beatrice tras una negativa similar y el hombre para el quien [Victoria Ocampo] se arregla el 5 de mayo de 1929 es el conde Keyserling, quien le pide brutalmente pasar a la cama tan pronto se pueda” (p. 145). Domínguez Michael pasa pronto a justificar el acoso.

“Curiosamente el desencanto que Victoria Ocampo sufre frente al machismo de los escritores excita el machismo del lector masculino” (p. 145). Pero eso que generaliza como “lector masculino” es él, Christopher Domínguez Michael, quien dice que le “excita” y despierta su propio machismo el hecho de que la escritora se niegue a tener sexo con otros. “Uno comprende las expectativas sexuales de Tagore, Ortega o Keyserling con sólo leer las encendidas cartas de amor platónico que Victoria les envía” (Las cursivas son suyas, como toda la locura machista de tales líneas). Utilizando el cliché más horrendo de quienes justifican la violación sexual o el mero machismo, Domínguez Michael culpa a Ocampo de haberlos provocado. “Ella provoca, ensalza, coquetea de manera tan obvia que fabrica los equívocos en que se enreda. ¿No es la mujer que se arregla en el espejo el 5 de mayo… un ser que se quiere dar a desear? Sin duda”.

Como él ya mismo nos advirtió, la negativa a tener sexo con los escritores despierta el machismo del crítico, que se impone como tarea forzar a Ocampo a desnudarse. De este modo su locura machista aumenta y Domínguez Michael acepta que las repetidas negativas de Ocampo no sólo excita su propio machismo sino que la “causan malestar”: “Pero cuando Victoria se explica las razones de su decepción éstas no sólo no son satisfactorias sino causan malestar”. A él, al crítico que fantasea que podrá lograr, en su texto, como veremos, lo que otros intelectuales previos no consiguieron.

Domínguez se burla de Ocampo y nos quiere hacer creer que su rechazo al “comercio sexual” es irracional e injustificable. “Su rechazo al comercio sexual no se basa en la aceptación de la inapetencia erótica que puede suscitar una persona ni en ninguno de los condicionantes igualitarios del feminismo contemporáneo…. No puede aducir razones moralistas. Es o una imitación anacrónica del amor cortés o el miedo pudibundo de una aristócrata estanciera del siglo XIX argentino” (p. 145). En otras palabras, según Domínguez Michael, Victoria Ocampo se niega a tener sexo con los intelectuales porque era una provinciana.

Creo haber leído una buena parte de las páginas que Christopher Domínguez Michael ha publicado en revistas, periódicos, Internet y libros. Puedo decir que si algo distingue su prosa es depender de la paráfrasis, el resumen, la diversa tergiversación de información y muy pocas veces la crítica literaria en sí misma, es decir, la capacidad de comentar un texto ampliando su lectura, aclarándolo o desmenuzando su contenido o estructura interna o contextual. Cuando Domínguez intenta leer un pasaje que cita, generalmente, lo hace de modo muy torpe. No tiene ojo ni oído, carece de la sensibilidad para entender el tejido mismo de la escritura. Pero este artículo sobresale por la forma desatinada en que Domínguez Michael comenta un pasaje de la Autobiografía de Victoria Ocampo. Primero reproduciré la parte final de la cita de Ocampo usada por Domínguez y después su desatino ultra-machista.

Aquí Ocampo relata la noche anterior a su separación de Drieu la Rochelle. Dice su Autobiografía: “Nada hubiera sido más imposible que hacer el amor. Ya estábamos ausentes… ¿Qué iría a sobrevivir de nuestro encuentro? ¿Salvaríamos algún resto de él? Porque toda vez que dos seres se encuentran y se unen espiritualmente, del mismo modo que cuando se unen sexualmente, pueden fecundarse, a menos que estén destinados, condenados a una mutua esterilidad” (p. 147).

¿Cómo elige comentar Domínguez Michael esta dolorosa reflexión de una mujer que sabe que comparte unas últimas horas con la persona que ha amado? Bueno, Domínguez las comenta así: “Esterilidad de la cultura para Drieu la Rochelle y esterilidad de la carne en Victoria Ocampo” y luego, quién sabe realmente desde qué región de su fantasía machista de caricaturización, burla y objetualización de la mujer, Domínguez Michael nos quiere hacer creer que las palabras de Ocampo significan esto: “En esa escena agónica Victoria Ocampo no renuncia, amiga y cliente de Coco Chanel, a la descripción cosmética. La ropa interior es el verdadero fantasma de la trama” (p. 147).

¿De dónde salió esto? De los clichés burlones, de la misoginia, de la mujer vista como objeto que debe dejar violarse, de la violencia machista convertida en pseudo-crítica literaria. Salió del imaginario que rige toda la prosa de Christopher Domínguez Michael. La convierte en una cosa, y en una cosa que rebaja. Por eso le atribuye una marca de ropa y la imagina en calzoncillos. Su machismo no sólo le impide escuchar el lenguaje intelectual y emocional de la escritora sobre la separación amorosa, sino que Domínguez quiere burlarse de ella y desnudarla para él y sus lectores, como venganza a que ella decidía su propia vida sexual y muchas veces decía no a los acosadores.

La alta cultura frecuentemente es una apología de las peores creencias de la sociedad patriarcal. En Domínguez Michael, la crítica es ejercida como la consumación imaginaria del acoso sexual.

II. EL CRÍTICO COMO PSEUDO-CRÍTICO

 El anti-feminismo estructural de Domínguez Michael reparte tanto insultos (como los que ya cité) como supuestos elogios (muy misóginos). Por ejemplo, en su Diccionario crítico de la literatura mexicana (2007 y 2012), Domínguez Michael elogia así a Esther Seligson: “La obra de Seligson está inspirada en la emulación debida a los hombres sabios”, es decir, ella consiguió ser una escritora relevante porque imitó a varones sabios.

 

Como si esto no fuera suficiente,  Domínguez Michael agrega: “maestros a quienes ella les ha dado la custodia de su conciencia”. Este crítico fantasea que la escritora debe el alto nivel de su mente a haberla entregado a tales varones.

Poco más adelante, Domínguez Michael remata diciendo: “lo más importante en Seligson es el ejercicio de esa libertad” (p. 603). Para él, que una escritora imite y entregue su conciencia a varones es lo más importante y en eso (y nada más) consiste su “libertad”.

¿Cuáles serán los enunciados más misóginos de este crítico? ¿Sus insultos o sus elogios?

No debemos, sin embargo, descartar a los muchos lectores que la retórica de Domínguez Michael logra congregar. Usando un tono solemne y sinonimia cultamente distractora (eufemística), este crítico a veces cifra sus insultos, los disimula, desvaneciéndolos relativamente para sus lectores menos diestros (incapaces de reconocer la injuria) y para regocijo cómplice de sus lectores letrados, que identifican exactamente lo que su retórica xenofóbica buscó decir. Así, el crítico y sus lectores cómplices se burlan inclusive de los lectores comunes que apoyan a Domínguez al no saber detectar la xenofobia debido a la exaltación que les provocó el lenguaje culto y cripto-irónico.

La literatura mexicana del siglo XX

En La literatura mexicana del siglo XX (Conaculta, 1995), por ejemplo, Domínguez Michael elogia los libros de Rosario Castellanos así: “son, en esencia, una crítica severa del indigenismo demagógico y paternalista que ejerció la retórica estatal. En su obra los indios son reintegrados a su humanidad novelesca” (p. 214). La burla es múltiple.

De arranque, el crítico esconde que la obra de Castellanos busca ser una defensa de los indígenas, pero él la define como una crítica al “indigenismo demagógico y paternalista” (sin mencionar otros). Luego dice “los indios son reintegrados”, aludiendo precisamente a una frase y meta del indigenismo estatal (¡que con este guiño Domínguez apoya!), “reintegrados”, ¿a qué? ¿A la Nación, como pedía precisamente el indigenismo estatal? “A su humanidad novelesca”, dice.

En un giro típico de su pensamiento colonizador, los indígenas sólo adquieren “humanidad” porque una autoridad (institucional o intelectual) se las “reintegra”. ¿Qué clase de “humanidad”? Una “novelesca”, es decir, ficticia. Nótese: se puede alegar que Domínguez jamás quiso decir que los “indios” no tienen una humanidad real, alegando que no se dio cuenta de las frases e ideas que ha establecido; esto es, se puede defender a Domínguez Michael únicamente si estamos convencidos de que tal crítico escribe sin darse cuenta qué y cómo escribe. Y tendrán que hacer esta (ilusa) defensa cientos de veces durante cientos de páginas.

¿Para quién escribe Domínguez Michael? Para lectores que no conocen directamente toda la literatura que él resume, ocultándoles información y buscando prejuiciarlos. Y para lectores que serán sus cómplices en esta tarea de distorsión sintética, muchas veces secretamente difamatoria. En suma, Domínguez Michael escribe para lectores que no pueden o no quieren leerlo críticamente. Se trata de un pseudo-crítico: escribe para difundir la lectura acrítica.

III. EL CRÍTICO COMO RETRÓGRADA CONFESO

Christopher Domínguez Michael concibe al crítico como un sujeto conservador: juez elitista (y machista) que debe sopesar novedades y vigilar que el canon patriarcal no sea perturbado. Mediante sus reseñas en prensa, inmediatamente descalifica libros y tendencias que pongan en riesgo la literatura dominante del pasado y presente; mediante libros de historias de la literatura, hace pasar su ideología como el criterio para definir épocas literarias enteras. Domínguez Michael funciona como un ideólogo cuya meta es mantener la literatura mexicana en el atraso patriarcal. Ser un policía (permanentemente subsidiado por el gobierno) que busca cerrar el paso a las nuevas formas y, sobre todo, ideas provenientes de corrientes modernizadoras como el feminismo, la teoría crítica, la deconstrucción y, simplemente, la crítica literaria honesta. Borrar, tergiversar, desinformar y descalificar son sus tácticas predilectas. Y tiene el apoyo del gobierno y Enrique Krauze, el principal mafioso operando en la literatura mexicana.

Domínguez Michael ha sido fiel a su autodefinición desde sus primeros libros. De hecho, su trayectoria como crítico conservador se ha ido endureciendo. Durante los noventa su retórica reaccionaria lograba invisibilizarse relativamente bien dentro del clima general de derecha literaria impuesto por Vuelta. Posteriormente, conforme sus publicaciones convivían con autores más jóvenes, su prosa ya no pudo depender del eufemismo, la sorna y la ironía cultas. Hacia la segunda década del siglo XXI, Domínguez salió completamente del clóset de la derecha normalizada y su lenguaje se hizo más llano y declarativo. Cuando lo confronté en 2016 en un texto que publiqué en línea respondiendo a su pobre lectura de Ulises Carrión, Domínguez Michael respondió (furibundo) declarándose abiertamente de derecha, priista y clasista-racista.

Estábamos ya ante un crítico simultáneamente en decadencia intelectual y consagración política. Quizá esa combinación de factores impulsó su decisión de ya no velar sus ideas detrás de retóricas retorcidas (como mayormente hacía en la primera mitad de su obra), sino que ahora se confesaba como crítico de derecha sin ningún tapujo. Domínguez Michael, muy indignado porque alguien había osado criticarlo, se hacía creer que mis señalamientos provenían de no saber agradecer sus elogios a mi obra (que enumera en la primera carta de su respuesta) y pasaba a decirse víctima de racismo:

“Buena parte de tus fobias vienen del más rancio, necio y puro resentimiento social provocado por ese otro racismo del que nadie habla, el dirigido contra los mexicanos de tez blanca, ojos claros o algún nombre y apellido extranjeros que debemos de disculparnos, un día sí y otro también, por no corresponder al fenotipo mestizo”

Esta respuesta proviene de junio de 2016, justamente cuando esos mismos argumentos eran esgrimidos por la derecha norteamericana. Esta andanada de prejuicios podían publicarse en Letras Libres gracias al nuevo clima de derechización mundial neofascista impulsada por discursos como el de Donald Trump. La nueva estrategia de la derecha mundial era, precisamente, no disimular el clasismo o racismo de las clases privilegiadas blancas, sino al contrario: impulsar la agenda derechista sin vergüenza. Alegar que los cambios sociales de las últimas décadas representaban un ataque al hombre blanco, que debía, por ende, defenderse de las mujeres, minorías y otras culturas.

Su respuesta a mi crítica fue bastante extraña (por decir lo menos). Por ejemplo, después de recordar que tiempo antes yo le había enviado un pdf o escaneo de un artículo sobre el neoconservadurismo de Vuelta, él nos confesaba sus fantasías: “Te imagino aplicándote el cilicio por incurrir en la cordialidad con el todopoderoso crítico de la derecha mexicana”. Pero Domínguez Michael no parecía consciente de que confesarnos sus fantasías no equivalía a describir realidad alguna. Yo le había enviado ese artículo porque alguien había dudado de su existencia, y por amabilidad y polémica quise pasárselo y quizá saber qué pensaba de esos argumentos acerca de Vuelta. Obvio, no me torturé por habérselo enviado. Esas ya son las raras fantasías que a veces tiene Domínguez Michael. Este y otros detalles (demasiado numerosos para comentarlos todos aquí), me hicieron entender que mi crítica a sus ideas y prácticas como crítico gubernamental, lo habían sacado de sus casillas. Evidentemente era un crítico que no estaba acostumbrado a la polémica o, siquiera, a la crítica.

En su respuesta, cometía despropósitos viscerales como llamar “basura ‘poscolonial’” a Ángel Rama (un crítico muy superior a él) o deliraba que la opinión general que había publicado sobre Ulises Carrión significaba haber bajado un santo del altar, decía “el santito que bajé de tu altar”, para ser exacto. Pensé en responderle. Pero luego me di cuenta que su respuesta era tan evidentemente delirante y desafortunada que no era necesario: la necedad de su respuesta hablaba por sí sola.

Ese texto fue la mejor prueba de que Domínguez Michael atravesaba una fase de grave endurecimiento dogmático y derechista. “El vasallaje colonial no es lo tuyo, piel roja de la crítica”, me decía, ¿reclamándome que no le enviara un correo avisándole de mis traducciones sobre Ulises Carrión? Decirle “piel roja” a otro crítico no sólo revelaba su poca capacidad de discusión sino, sobre todo, su racismo. Lo confieso: esperaba que Domínguez Michael respondiera en términos fuertes (o incluso personalmente molestos) pero no me esperé que fuera a desvariar tanto como lo hizo. Me dio, lo digo sin ironía alguna, incluso cierta lástima.

“Y me he ganado el derecho de hablar en nombre de algunas familias de nuestra literatura. El uso del plural se gana”, me decía, como creyendo que decía algo ¿importante? No pude responderle: yo quería discutir literatura. Y sus penosos delirios personales no me incumbían. Por más que busqué aspectos intelectuales de su respuesta sólo me encontré con la escritura de un crítico oficial decadente que, finalmente, había salido del clóset politico:

“Esa creencia te lleva a agitar el petate del muerto en un jardín de niños descubriendo que el autoritario crítico literario de Letras Libres, además, es de derechas. ¡Por supuesto que lo soy y desde hace mucho! […] En la revista hay agnósticos, católicos, judíos, liberales, conservadores, socialdemócratas… Yo ya tiré esa toalla. Soy liberal-conservador (que no es un oxímoron como creen algunos) y no me molesta definirme como de centroderecha o de derecha, a secas”

Como yo señalaba el vínculo entre su pensamiento y el PRI, Domínguez Michael también se confesaba priista:

“El México moderno es obra del PRI. A ese largo régimen le debemos la impunidad como segunda naturaleza del mexicano pero también las condiciones que hicieron posible la edad de oro de nuestra literatura… Prefiero haber nacido bajo la corrupta dictablanda priista que a la sombra de Perón… El reino del PRI fue cosa de ladronzuelos, demagogos, millonetas, lameculos, pistoleros a sueldo pero también de algunos pocos hombres de Estado…”

En su respuesta no había argumentos basados en análisis de textos, razonamientos o ejemplos. Tampoco había una respuesta lógica. El “todopoderoso crítico” recitó su tabla de fantasías y dogmas de hombre “blanco” victimizado ¿por el multiculturalismo? Había que buscar en otra parte para entender ideológicamente las bases de esa respuesta (tan descompuesta) como de su obra en general. Encontrar esas bases no es nada difícil.

Estoy convencido de que pocas personas han leído un número suficiente de publicaciones de Domínguez Michael. En general, ni fuera ni dentro del medio literario, se lee mucho en México. Y mucho menos se lee crítica. Y mucho menos crítica de un crítico más bien aburrido, cursi y paraestatal. La carrera de Domínguez Michael se ha beneficiado de esa falta de lectura. Puede publicar lo que sea: sus editores y él saben que no se le lee. Pero, como crítico, no sólo gozo (personalmente) leer todo tipo de materiales sino que creo que es importante (profesionalmente) leer a nuestros contemporáneos. Al terminar de leer textos de Domínguez Michael que (por falta de tiempo o interés inmediato) no había leído, me di cuenta que había una trayectoria mucho más preocupante de la que asomaba leyéndolo esporádicamente.

Chris

La innovación retrógrada. Literatura mexicana 1805-1863 (Colegio de México, 2016) es uno de sus libros recientes. Se trata de un volumen desigual —típicamente esquemático, más recopilatorio y declarativo que crítico y analítico, y escrito con una prosa pasada de moda—, en que este crítico alcanza la que quizá sea la mejor formulación de su política-estética. Según Domínguez Michael (y esta es una tesis bastante discutible) la literatura mexicana del siglo XIX se desarrolló mediante la “innovación retrógrada” que significa: “avanzar mediante el anacronismo” (p. 587). “Innovación retrógrada”, en suma, es su propia apuesta intelectual.

Esta es su conclusión del libro: “Es hora de que yo termine también, no sin despedirme con el antiguo don Marcelino Menéndez Pelayo porque, pese a todo, siempre hay que volver al pasado, pues como decía Verdi: torniamo all’antico, e sarà progresso” (p. 613). Hay algo de razón en Domínguez: todo crítico es alguien que debe tomar responsabilidad del pasado. Somos seres del archivo. Pero él ignora —no ha podido o querido aprender— que el pasado debe estar al servicio de la nueva vida, y no lo contrario. En realidad, más que “volver” o “voltear” al pasado, lo que Domínguez Michael busca es devolernos al pasado.

Domínguez Michael cree literalmente que voltear al pasado será un progreso. Pero voltear al pasado sólo es un paso. El crítico voltea al pasado para entender mejor lo que ha ocurrido, para nutrir al presente y facilitar el progreso hacia el futuro. Domínguez Michael, en cambio, se refugia en el pasado (específicamente su autoritarismo) cada vez que un autor (y, sobre todo, autora) pone en riesgo el futuro del patriarcado, eso que Domínguez Michael confunde con la literatura, no entendiendo que, precisamente, la literatura contemporánea comienza ahí donde termina el patriarcado.

Entender la labor de la crítica y la literatura como una “innovación retrógrada” no es siquiera una buena descripción del siglo XIX mexicano. Mucho menos es una descripción o prescripción que pueda aportar algo al siglo XXI. Christopher Domínguez Michael ha funcionado como el crítico gubernamental (literalmente subsidiado), que ha apostado por una vuelta el pasado cada vez que el estructuralismo, los post-estructuralismos, los feminismos, los distintos marxismos, el post-colonialismo y el decolonialismo e, inclusive, la mera reseña lúcida apuntan hacia otro lugar que no sea su machista derechismo priista.

El “pasado” es el patriarcado. La crítica retrógrada de Domínguez Michael tiene como propósito frenar y, de ser posible, borrar los progresos sociales que erosionan ese dominio. Revísese cada asunto, idea, corriente, obra o figura a la que se opone: se trata siempre de algo que cuestiona la hegemonía, que Domínguez Michael defiende como patricio legionario ultraderechista. Es una crítica “literaria” para impedir los cambios sociales. Una prosa kitsch pensada para defender una agenda reaccionaria, buscando normalizarla en el campo literario, pues su función es consolidar la literatura mexicana como un bastión del pensamiento reaccionario nacional. Una crítica concebida como “innovación retrógrada”, es decir, resurgencia del fascismo en la actualidad.

 

CONTINUARÁ…

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No al ingreso de Christopher Domínguez a El Colegio Nacional por su discurso machista”

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OTROS TEXTOS:

Heriberto Yépez, Carta a un crítico de derecha (4 de junio de 2016)

Christopher Domínguez Michael, “Respuesta a Heriberto Yépez” ( 16 de junio de 2016)