NICANOR PARRA: PARRACIDIO DEL ANTIPOETA

Este ensayo apareció en La Jornada Semanal, núm. 1196, 4 de febrero de 2018, pp. 6-7.

Para que pueda leerse directamente en línea lo reproduzco a continuación.

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NICANOR PARRA: PARRACIDIO DEL ANTIPOETA

Heriberto Yépez

La muerte de Nicanor Parra nos interroga. ¿Cuál es el legado (claroscuro) de su antipoesía? El estridentismo, Madí, concretismo, nadaísmo o infrarrealismo, por nombrar algunos programas, transcrearon tendencias europeas o norteamericanas. Pero quizá por ser la antipoesía una neovanguardia originaria de Latinoamérica devino movimiento unipersonal (como el creacionismo). Aunque casi no hay poema de segunda mitad del siglo XX donde el efecto parriano no se haya sentido (incluso en los neobarrocos); y donde no lo hay es porque ahí no hay poema sino fósil pre-parriano.

Neruda, Vallejo y Parra influyeron a los “New American Poets”. Y se puede leer a la Language Poetry, Flarf o la Mongrel Coalition como si fueran operaciones parrianas. La antipoesía alteró el predominio eurocéntrico de la poesía en América. Contra-históricamente, el indigenismo de Arguedas, la poética de Rulfo y el propio movimiento de poéticas indígenas (que no son condición étnica sino neovanguardia) fueron más radicales que el Boom. La antipoesía fue quiebre, aunque no precisamente con el duramen de la poesía chilena, como a veces repetimos.

Ya Huidobro soñaba ser “antipoeta y mago” (a modo de epitafio, por cierto); y el mejor antipoeta fue el Neruda de ciertas Odas elementales, Estravagario o Incitación al Nixonicidio. Sólo que Neruda fue varios poetas y antipoetas y, en cambio, Parra únicamente antipoeta. No podemos ya decir que Parra negó a Neruda (¿cuál de todos?) sino que Parra hipertrofió uno de tantos Nerudas. Y en la poesía peruana (que es la más vanguardista de Sudamérica, aunque el eurocentrismo imagine que es la argentina) ya Enrique Bustamante y Ballivián en 1927 titulaba a su libro Antipoemas.

Parra creó un sujeto, que mantuvo hasta el final de su vida, un anti-poeta que con buen humor practica el autoescarnio y tira su aureola sin levantarla del lodo, porque sabe que el lirismo delira ridículo, y se percata que perder el aura abre rutas. Al contrario del cliché crítico (que a falta de lectura atenta se socorre del título), la antipoesía de Parra no se consolidó en Poemas y antipoemas de 1954 (donde casi todo es poema) sino a partir de Versos de salón de 1962 y su “Manifiesto” de 1963. Ahí comenzó a cristalizar una pareja antitética: el antipoema y la escritura antipoética.

Al inicio, aún cercano al “poema”, Parra descubrió al antipoema. Luego tomó una parte de sus componentes y los hizo escritura que serializó… y deshizo al antipoema. A partir de los años setenta, Parra ya no escribía antipoemas propiamente sino series antipoéticas, como los Sermones y prédicas, los Ecopoemas, los Chistes, los Discursos, los Artefactos y demás poesía visual. Ahí su antipoética no es poema sino escritura.

Esta diferencia entre el antipoema y la escritura antipoética se puede relacionar con la dicotomía que observó Barthes entre “obra” y “texto”, o cuando Derrida juega con la diferencia entre el “libro” y la “escritura”. O, mejor aún, cuando Wlademir Dias-Pino distingue entre la “poesía” basada en la palabra, el estilo, lo individual, lo figurativo y psicológico, y el “poema” que piensa como proceso, proyecto, versión, contra-estilo, lo colectivo, no-figurativo y tecnológico. Parra forma parte de esta escisión, que no debemos resolver linealmente, como si el paso del poema al antipoema o del antipoema a la antipoesía fuera una evolución tecno-darwiniana. Y Parra, no obstante, no fue consciente de estas mutaciones.

El antipoema de Parra es un objeto estético que todavía busca contener una visión, un logro literario como texto singular que desea impedir su disipación. Pero cuando Parra dominó cierto tono, vocabulario, psicología, simplemente lo diluyó y serializó: ya no escribía antipoemas todavía individualizables sino una antipoesía que era escritura serial, disipada; ya ninguno de sus textos tenía una diferencia específica respecto a otros sino que eran aplicación de reglas que arrojaban variaciones predecibles. Rulfo era poemático. Cada texto suyo era un largo poema. No quiso ser escritura serial interminable, como sí quiso Parra.

Parra inventó el antipoema radicalizando cierta tradición chilena. Del antipoema como objeto artesanal estético y memorable (poundianamente denso y concentrado) derivó la antipoesía como escritura maquínica, indistinta, multiplicable, entrópica, interminable, laxa, repetible, ultra-escribible, casi serigrafía donde ya sólo importa el gesto o firma.

Entender esta diferencia (secreta) entre el antipoema y la antipoesía nos permite releer “La montaña rusa”:

Durante medio siglo
la poesía fue
el paraíso del tonto solemne.
Hasta que vine yo
y me instalé con mi montaña rusa.

Suben, si les parece.
Claro que yo no respondo si bajan
echando sangre por boca y narices.

Es una pieza antológica, muy lograda y resuelta. Ahí se condensa, memorablemente, una visión. Por eso veremos que este antipoema será referencia y cita duradera. Lo logra el uso de la imagen, ritmo y epifanía. “La montaña rusa” es un poema que es anti-poema.

Este antipoema es ¿paradójicamente? heroico: se vence al tonto solemne y se instala una épica montaña rusa; para que, en la imagen final, quienes ilusamente suban sean víctimas sangrientas de su funcionamiento. Experimentar el mecanismo del antipoema, imagina Parra aquí, tendría un desenlace trágico; un shock.

Este antipoema no vaticinó lo que sucedería con los lectores: el Parra maduro no violentó al lector, no hizo que nadie bajara sangrando. Más bien su lenguaje y actitud ordinarias facilitó que el lector saliera sonriendo.

Pero este antipoema también dice que si hay violencia, el antipoeta no responderá, como diciendo: si ustedes echan sangre por boca y narices, callaré, daré la espalda, miraré a otra parte. Como si este antipoeta nos avisara, digamos, que ante una dictadura, él no responderá. Se hará al tonto anti-solemne.

Hay una visión o precognición de shock y sangre. Ya sea shock provocado por la antipoesía (¿o ese antipoeta?) o por un accidente en la montaña rusa de la Historia, pero en todo caso el antipoeta advierte que no responderá.

El proyecto del antipoema quedó interrumpido e intercambiado por el de la antipoesía como escritura (sin necesidad de poema). Con esa escritura triunfó la lógica no del shock sino del fiasco, el chascarillo y la ocurrencia. Parra no quiso ser Neruda, asesinado por la dictadura de la CIA en Chile. La antipoesía es una crítica graciosa que informa a la dictadura que no es peligrosa. No es kamikaze ni cobarde; sí precavida: poco poética.

Sus detractores son el primer grupo de lectores de Parra. Tales anti-parrianos suelen ser versistas profesionales que creen perdonarle la vida y que, en el fondo, no quieren que la poesía se “contamine” con oralidades o prosaísmos, afectando su definición decimonónica. La antipoesía fue letal para tal casta: Parra demostró el carácter ready-made de toda poesía. La suya, ready-made del coloquialismo; la poesía tradicional, ready-made de la psicología, léxico y fraseología de las élites líricas.

Un segundo campo de lectores son los post-parrianos, para quienes la antipoesía es permiso para escribir o leer con distención. O, peor aún, fusionar a Parra con Bukowski (tipología que la antipoética de Parra, frecuentemente misógina, no derribó) para encarnar la figura de un antipoeta parriano-bukowskiano, fórmula imperante en huestes completas. Otra variante son escrituras (a veces tecnopoéticas) que redireccionan la distensión verbal y la mirada convencional sobre las relaciones sociales para producir fácilmente artefactos seriales que el coto institucional para lo antipoético, consecuentemente, legitima como artísticos.

Anti-parrianos y post-parrianos, en realidad, son pre-parrianos. Los esporádicos antipoemas de Parra son su objetualidad y proyecto más subversivo, y no sus sub-versiones intercambiables, aunque la lógica de la tecnología haga que tales sub-versiones sean más atractivas, al haber prefigurado producciones textovisuales de muchos internautas hoy.

El camino de la antipoesía parriana parece agotado; aunque seguramente seguirá en uso como modo de producción autorial. Además, la facilidad de la escritura antipoética promovió una concepción simplista de la poesía y de la antipoesía, como si el “sentido común” pudiera definirlas. Flanqueado por estatuas banalmente grandilocuentes como Paz (como lo supo Piglia) y cierta inercia filistea de Parra, ¿es hoy el campo poético en Latinoamérica un lugar donde se pueda pensar? ¿Es propicio para pensar poéticamente? Al promover el chiste como solución, Parra dificultó pensar la poesía, pensar en la poesía y pensar poéticamente.

Su legado general es una tradición de antipoesía auxiliar, sedimentada hoy en Latinoamérica por la automatización de la escritura creativa o del apropiacionismo colonialmente derivado de Kenneth Goldsmith y, en suma, el experimentalismo relajado, mercantil, gestual y que en tradiciones como la chilena o la mexicana tiene tantos resortes que se hegemoniza codo a codo con su aparente contrincante: vetustos lirismos ya sea barroquíticos o confesionales. Y anti-expresionistas de tercera hora y ultra-tradicionalistas sin incertidumbres resultan tan compatibles que se dividen patrocinios, festivales y antologías.

¿Para qué, entonces, apareció el antipoeta de los antipoemas? ¿Y para qué el antipoeta de la antipoesía, es decir, el anti-antipoeta?

“Qué es un antipoeta:” define Parra en “Test” y responde con 16 preguntas y la indicación “Subraye la frase que considere correcta”. Y en la segunda parte del “Test” otra vez busca definir “Qué es la antipoesía:” y da 10 preguntas y pide, al final, que el lector “Marque con una cruz / La definición que considere correcta”. Y todas las propuestas del “Test” apuntan a que el antipoeta es un muerto, un “ataúd”.

Un ataúd a chorro?
Un ataúd a fuerza centrífuga?
Un ataúd a gas de parafina?
Una capilla ardiente sin difunto?

El lector marca la cruz en la respuesta correcta porque el antipoeta o el antipoema, cualesquiera cosa que fuesen, están muertos, y el lector ya sólo coloca la cruz en el sepulcro y le bendice. El antipoeta podría ser un aborto, un desaparecido, un muerto sacrificado dentro de la antipoesía. Así, cada texto antipoético resultaría un epitafio para el antipoeta ahí enterrado. ¿Para qué antipoetas? Parra que sufriera parracidio.

El antifilósofo nietzcheano era más peligroso, terrible, extático, incontrolable, que el filósofo que Nietzche negaba (el blando filósofo metafísico). De modo análogo, bien podría ser que al oponerse a la romántica poesía histórica de la época y la lírica metafísica de Occidente, el antipoeta implicara ser una figura más obscura y temible que cualquier poeta. Pero para defenderse de esa grave figura del antipoeta, Parra inventó el anti-antipoeta, y lo hizo pasar por el “antipoeta”, aunque, en realidad, ese mimo coloquial, bufonesco y accesible era una figura analgésica para sustituir al antipoeta.

De ese antipoeta sacrificado sólo tenemos atisbos y sombras; se asoma a pesar de que Parra busque convencernos que “El poeta es un hombre como todos” que conversa “En el lenguaje de todos los días”, como dice en su “Manifiesto”, donde nos presenta una imagen populista de la “poesía” (su antipoesía) en que “Los poetas bajaron del Olimpo”. Parra nos quiere hacer creer que se opone al “poeta demiurgo” estilo Huidobro, pero, en verdad, la mayor parte de su obra es un exorcismo contra otro espectro: el antipoeta obscuro.

Su gran legado (y legrado) es que la mayoría de su obra surgió gracias al parracidio del antipoeta. ¿Pero es Parra, entonces, sólo un inofensivo antipoeta tragicómico? No: Parra fue, precisamente, un escritor letal que dio muerte al antipoeta obscuro. Parra es el suicidio de la antipoesía.