ESCRITORXS, GOBIERNO Y VIOLENCIA. ENSAYO A PARTIR DE LAS AMENAZAS A MARÍA RIVERA

El 10 y 11 de diciembre del 2016, la poeta María Rivera fue amenazada de violación y muerte por parte de acosadores virtuales (trolls) evidentemente vinculados al gobierno de México. Estas amenazas no son hechos aislados sino el resultado de una zona de convergencia entre el gobierno y la literatura mexicana: la impunidad.

1. La crítica de María Rivera y la Secretaría de Cultura

El 10 de diciembre murió Rafael Tovar y de Teresa, Secretario de Cultura designado por Enrique Peña Nieto (y ya antes Presidente de Conaculta en los periodos de Salinas de Gortari y Ernesto Zedillo). Como autor, Tovar y de Teresa era conocido por su autoría de varios libros apologéticos del dictador Porfirio Díaz.

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Tovar de Teresa fue uno de los operadores de la dictadura perfecta dentro de la “cultura” en México. El largo séquito de beneficiados lo veneraba como a un miembro de la realeza debido a su alcurnia intelectual de tipo colonial (era parte de las familias de los Díaz de Ordaz y López Portillo). Tovar y de Teresa fue una especie de fachada culta del régimen genocida del PRI.

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A la vez que erigió instituciones culturales federales (que se le atribuyen como si fuera un logro personal), Tovar y de Teresa volvió a estas instituciones inseparables de las élites. En sus administraciones, por ejemplo, se consolidó la mafia cultural de Enrique Krauze y, como nunca antes, escritores afines al régimen recibieron beneficios de modo sistemático.

En la literatura mexicana impera una especie de aristocrática arbitrariedad. Se deciden publicaciones discrecionalmente, se manipulan concursos públicos, se reparten contratos, se usan fondos extraordinarios para apoyar carreras y se extienden todo tipo de prebendas. Tovar y de Teresa no sólo ejerció directamente el poder, desde el dedazo hasta la censura, sino que también se caracterizó por la repartición de cotos de poder, permitiendo el uso y abuso de los presupuestos por parte de sus equipos en los distintos niveles de su administración. Tovar era el PRI en la cultura.

Haciendo una revisión sintética del estado de la cultura, tras la muerte de Tovar y de Teresa, María Rivera escribió en su cuenta de twitter:

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Aunque este fue el tuit sobre la desigualdad que directamente tomaron los trolls, ese mismo día María Rivera había hecho un balance crítico de la gestión de Tovar y de Teresa.

Apenas pasaron unos horas de esta breve publicación en línea cuando María Rivera comenzó a ser atacada por trolls. Este tipo de ataques no había sucedido antes a una escritora y no podía ser una casualidad: Rivera fue quien en 2016 publicó textos clave de la crítica política-literaria del 2016.

(En esta cronología se pueden consultar sus diversos textos: click)

A propósito de la segunda antología “México20” por medio de la cual el gobierno mexicano construía una falsa imagen de la nueva literatura mexicana, la poeta denunció no sólo que esta antología (como ya había sucedido con la de narrativa) era una selección hecha entre amistades con dinero público, de índole tendenciosa, arbitraria, excluyente sino que, además, había sido elaborada violando convocatorias y procedimientos administrativos y, posteriormente, falsificando información. Rivera, en suma, hizo pasar la crítica literaria acerca de una antología a una crítica del procedimiento del dedazo priista, exhibiendo la “simulación deshonesta” del ejercicio estrictamente literario. En un acto sin precedentes, funcionarios, antologadores y autores quedaron al descubierto, con plenitud de evidencia, como participantes directos de actos de tráfico de influencia, violación de contratos y convocatorias; corrupción.

Fue este acto crítico en torno a los malos manejos gubernamentales —y no 140 teclazos— lo que resultó en el envío de trolls. Aprovechando como pretexto su publicación en twitter, alguien en el gobierno vinculado con el área cultural decidió mandarle el mensaje de que no les agrada que publique crítica que afecte a sus intereses. Su tuit sobre la desigualdad en México fue una mera excusa para amenazar de violación y muerte a la poeta y crítica María Rivera.

2. Desde “Los Muertos” hasta México20

Los trolls nada saben sobre literatura mexicana. Simplemente siguen órdenes de un intermediario del funcionario que dio la orden de acoso. Pero estos trolls, a final de cuentas, encarnan perfectamente la violencia e impunidad que unen al gobierno y a la literatura oficial en México.

Ciertamente la amenaza no es un hecho aislado o siquiera una mera consecuencia de la fulminante crítica a la corrupción gubernamental y literaria que María Rivera hizo en el 2016, sino un resultado de un proceso mayor que desea castigar su “insumisión”.

En 2010, la poeta escribió un poema titulado “Los Muertos”. Ese poema posteriormente fue leído en el 2011, en el zócalo de la ciudad de México durante la primera marcha nacional por la paz, convocada por el poeta Javier Sicilia, tras el asesinato de su hijo. Para quienes desconozcan la historia profunda de la poética en México es necesario saber que el poema, por su contenido y forma, marcó un quiebre en la literatura mexicana.

La historia completa de este poema y sus significados e implicaciones está por escribirse. Por ahora podemos decir que el poema rompió parámetros políticos de la poesía contemporánea en México. María Rivera, en realidad, hasta ese momento encajaba dentro del modelo de escritor/escritora mexicana. En “Los muertos”, sin embargo, ejerció una crítica, radical e inédita, del discurso de la guerra calderonista, normalizado por los medios, que criminalizaba a las víctimas de la violencia, subvirtiéndolo; y a contra corriente del establishment intelectual que, en ese momento, llamaba a encubrir el genocidio y “hablar bien de México”. A través de un trabajo de montaje y desmontaje del lenguaje del poder, exhibió la colusión criminal entre agentes del Estado y delincuentes, al tiempo que resemantizó la geografía simbólica del país y a las víctimas, haciendo evidentes las relaciones comunitarias e imaginarias laceradas por la violencia.

“Los muertos” construye la voz de un descontento, mediante una fuerza (casi una posesión) que genera series de imágenes y afectos, que violentaban los límites leucotrópicos, las buenas maneras y la etiqueta literaria normalizada (consistente en la debida dosis de ironía, distancia “anti-panfletaria”, es decir anti-empática con lo otro, el cumplimiento versístico del cuadro sentimental burgués, que el estilizado poeta mexicano se supone debe mantener ante el pobre populacho y sus muertitos). Rivera, ante lo que sucedía en el país, escribió y dio voz a un poema que cantaba y gritaba literariamente el horror de la “narcoguerra” (los crímenes de lesa humanidad) y la impunidad en el sexenio de Felipe Calderón. Rivera rompió con las reglas de lo poético y de lo político, de lo que se espera del poeta oficial mexicano.

Desde antes de “Los Muertos”, Rivera poseía la identidad de una escritora insider, reconocida, premiada que, no obstante, debido al incómodo poema ahora corría el riesgo de ser considerada indeseable, impropia, outsider. “Los muertos”, no era un poema bien portado del dictum de la poesía mexicana, reconocible. A pesar de haber tenido una primera buena recepción entre escritoras y escritores, tras la activación política del texto en su lectura en el zócalo de la ciudad de México (y la emergencia del MPJD que reivindicó el poema como suyo) algunos poetas mexicanos de abierta derecha, favorecidos por el régimen de Peña Nieto, fabricaron una recepción reprobatoria; ésta quedó documentada por el poema “El poema de mi amiga” de Luis Felipe Fabre (incluido en su libro Poemas de terror y de misterio, 2013), en que reprueba (con la típica ironía del medio pequeñoburgués mexicano) al poema, ningunéandolo, al tiempo que crea una imagen distorsionada del poema, infantilizando a sus receptores y ridiculizando a su autora (estereotipándola como una mujer loca, vanidosa y melodramática), a la par que Fabre se presenta a sí mismo como una inconmovible posición irónica ante el patético espectáculo de “Los muertos”. El texto de Fabre encarnó la reacción literaria tradicional (y misógina) que buscó desactivar la emergencia de un nuevo tipo de poética política dentro de México.

A nivel internacional y en otros campos artísticos, en cambio, “Los muertos” se convirtió en el poema emblemático sobre los desaparecidos y caídos de la época. Paulatinamente, contra la resistencia y paradigmas de la literatura mexicana oficial, la violencia fue convirtiéndose en una demanda temática. El medio literario tuvo que desdecirse: las mismas autoras y autores que antes consideraban demasiado sórdido, inadecuado, impropio, “narcoliterario”, escribir sobre la violencia, ahora, inevitablemente, tenían que abordarlo para no quedarse detrás de sus pares más desafiantes y del interés de los lectores. Fue entonces que otras y otros escritores tomaron el “tema” y buscaron negociarlo, buscando no transgredir la política-estética como lo había hecho María Rivera y, a la vez, satisfacer la nueva demanda temática.

Aprovechando el desprestigio y borradura de las escrituras que habían poetizado o narrado literariamente la violencia, los narradores apoyados por el gobierno ahora debían pasar de la condena a ese tema a su solución formal dentro de los parámetros estéticos de la “dictadura perfecta”.

Las imitaciones del apropiacionismo (blanco) norteamericano de la década anterior, por ejemplo, resultaron útiles para confeccionar escrituras que tanto estetizaban la “violencia” como mantenían el buen orden requerido por el gobierno, encarnado en el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (entonces dirigida por Consuelo Sáizar). De esa negociación se consolidaron, por ejemplo, escrituras como la de Cristina Rivera Garza.

La propia María Rivera ha anotado cómo se intentó subordinar su escritura del 2010 a un libro (Con/Dolerse, 2015) artificalmente consagratorio de la escritura de Rivera Garza.

Con “Los muertos” de María Rivera, entonces, tenemos un caso intrigante: un poema que rompió reglas dentro del campo literario y que, por lo tanto, colocó a su autora fuera de lo permisible y, paulatinamente, la situó en las afueras, a pesar de que sus méritos y posición la habían colocado como autora central de su generación hasta poco antes. “Los muertos” sin duda es el poema que muchxs poetas mexicanos simultáneamente envidian y odian. El poema que se busca invisibilizar, desapropiar y sustituir.

Esta relación se institucionalizó. Desde “Los muertos”, paradójicamente, María Rivera, como presencia, comenzó a desaparecer. La tremenda fuerza de su poema lo impulsa, aunque parte del campo literario deseaba borrarlo: erradicarlo de la “historia” de la poesía mexicana, como un desaparecido más de la narcoguerra y el gobierno, sin dejar evidencia de que fue un poema que se adelantó, puso en crisis al sistema de representación y posibilitó otras escrituras.

En 2016, contra toda expectativa, María Rivera denunció a un sistema literario oficial manipulado, corrupto. Realizó una nueva trangresión. Ya no en el terreno de los límites ontológicos del verso, sino de los límites políticos de la prosa: cuestionó, con pruebas fehacientes, la legitimidad de la labor de funcionarios como Julio Trujillo o Marina Bespalova; o poetas antologadores como Tedi López Mills, Jorge Esquinca y Myriam Moscona, y un número amplio de autores beneficiados por este sistema, además de cuestionar el comportamiento de funcionarios, a partir de la polémica, como el de Mauricio Montiel, Coordinador Nacional de Literatura (quien no tuvo empacho en lanzar amenazas en Internet) así como diversos manejos de intereses en el desempeño de escritoras-funcionarias como Mónica Nepote y su labor en Tierra Adentro y el Centro de Cultura Digital.

Aprovechando tanto la partida física de Tovar y de Teresa (y el hueco de poder que su muerte abrió) como los breves comentarios críticos de María Rivera en su cuenta en twitter, se decidió amenazarla para que detuviera su crítica que, como habían hecho saber semanas antes (en redes virtuales y personales) buscaban detener, usando, de ser necesario, una campaña en su contra. Ante los ataques de los trolls, Rivera evidenció que defendían los intereses gubernamentales de la Secretaría de Cultura y los denunció: y los trolls, inmediatamente lanzaron amenazas de muerte y violación; risiblemente, pasaron unas horas explicando que no trabajaban para el gobierno y, finalmente, detuvieron su acoso.

Las amenazas violentas contra María Rivera, en conclusión, fueron posibles porque el gobierno, los medios y el gremio literario dejaron que la impunidad se oficializará en el 2016 literario nacional, enviando la señal de que, incluso cuando hubiera pruebas públicas de irregularidades legales, nada cambiaría. Los responsables directos en su contra son unos trolls anónimos. Habría que saber quiénes echaron a andar esa maquinaria que defendió los intereses gubernamentales, en complicidad directa e indirecta con un medio literario que se beneficia de la represión y, de hecho, la alimenta desde su propia política (fallida) de invisiblización de las escrituras disidentes.

Estamos presenciando una elevación del nivel de represión entretejida por el poder y escritorxs en contra de aquellxs que deciden desafiar la mafia cultural de la “dictadura perfecta”.

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