DE LA LITERATURA COMO BOTÍN Y LA CRÍTICA COMO DESPOJO. A PROPÓSITO DE LA COOPTACIÓN DE BOLAÑO

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¿Cómo puede usarse la crítica literaria a favor del mundo como mercado? Utilizando un inmediatismo retórico que hace de la literatura un botín de guerra cultural, despojándola de sus ingredientes de descontento social y disidencia intelectual, reduciéndola a una ratificación estética del orden imperante y los grupos que ya poseen el dominio económico de la (alta) cultura. Esta pseudo-crítica fabrica prosa elitista que le ofrece al lector una falsa educación a cambio de que no pida al crítico analizar el menú. Ejemplificaré esta estrategia mediante un caso concreto reciente: el recrudecimiento de la cooptación de Roberto Bolaño al pasar de la editorial española Anagrama a la multinacional Alfaguara.

Christopher Domínguez Michael pudo ser un crítico conservador y diletante salido de Vuelta pero eligió convertirse en el crítico mercenario de la derecha krauzeana de Letras Libres. (Bolaño llegó a llamar a este tipo de críticos mexicanos “samuráis”). Como parte del envilecimiento de esta empresa, a Domínguez Michael en 2016 se le ha encargado prologar El espíritu de la ciencia-ficción, el inédito juvenil de Bolaño.

Bolaño se ha consagrado protagonista de la novela post-Boom. Lo logró con Los detectives salvajes que, aunque no es despiadada, sí representa una crítica suficiente (aunque menos virulenta que su crítica infrarrealista original) del ambiente de la literatura mexicana de los años setenta dominada por Octavio Paz. Contra estas letras institucionalizadas, Bolaño mitifica la vitalidad forajida de un grupo de poetas anti-canónicos.

Pero el poder de la novela no se limita a su trama, ya que parece transmitir a nuevas generaciones ganas de revisar y rebelarse contra la literatura mexicana oficial. La novela de Bolaño instiga a desenterrar un pasado simbólico autoritario: el PRI cultural. Y este impulso investigativo, este llamado a volverse un detective salvaje contra la alta cultura mexicana, es peligroso para el establishment. La novela más importante del post-Boom se trata de la podredumbre del mundo literario regido por Paz. Primero se intentó ignorarla; después, menospreciarla; hoy, ante su canonización mundial, los paceanos han decidido cooptarla.

Por esta razón, ese establishment tenía que apoderarse, neutralizar, chingar a Roberto Bolaño. Y lo han intensificado este 2016. Domínguez Michael quien atraviesa, precisamente, su peor momento como crítico, le ha sido asignado (vía su círculo personal, como el propio ex-editor de Letras Libres, Ricardo Cayuela, ahora en el consorcio editorial del cual es parte Alfaguara) escribir un prólogo que pretende redefinir y predisponer la lectura de la obra de Bolaño. Este prólogo es un retrato perfecto del estado y metas de la crítica literaria de la derecha mexicana. Lo comentaré aquí.

De entrada, justo en su momento de pública decadencia (no hace mucho Dóminguez Michael, en respuesta a un texto mío, abiertamente se declaró clasista, racista, priista y de derecha, es decir, confesó lo que ya mucho sabíamos), se intenta que pase de ser un crítico oficialista mexicano a ser un crítico de la derecha normalizada internacional. El priismo cultural, ciertamente, llevaba tiempo que no buscaba este alcance; que quizá no logre, porque la prosa de Domínguez Michael no es siquiera la de Jorge Volpi.

Colocar a Domínguez Michael como la voz que define esta nueva etapa de Bolaño más bien parece ser otra más de las desesperadas apuestas que comete un sistema que lleva años en declive. Pero no quiero ser optimista. Si Domínguez Michael fue designado como el presentador de Bolaño (sustituyendo a Ignacio Echevarría) no faltara quién lo tome en serio, lo cite o entreviste.

Su prólogo se titula “El arcón de Roberto Bolaño”. Domínguez imagina la obra de Bolaño como un cofre de tesoros que espera que “nunca se cierre”. El título de su prólogo es un eufemismo; su título verdadero es “El botín de Roberto Bolaño”.

Domínguez inicia comparando a Bolaño con Pessoa, sin darse cuenta que así nos revela que él mismo sabe que no busca escribir sobre Bolaño sino inventarle un heterónimo con personalidad e ideas contrarias a las de Bolaño, acto que podría ser pessoano si no incluyera desaparecer al propio Roberto Bolaño, ofreciendo como avatar un pobre monigote a la medida de Letras Libres, Alfaguara y el propio Domínguez Michael.

Este curioso acto de falsificación es seguido por la referencia a Chateaubriand, “un autor que no estaba de moda en la década de los setenta pero que Bolaño leyó pues, en sus años mexicanos, las Memorias de ultratumba, del vizconde, dormían el sueño de los justos en las librerías Zaplana y Hamburgo, sin duda frecuentadas por él, ya que no había, en ese entonces en la Ciudad de México, muchas otras” (9). El Bolaño que Domínguez comienza inventando es su propio doble (aburrido y conservador) no el poeta infrarrealista iconoclasta que, en realidad, fue Bolaño.

Domínguez no hace más que una sola mención del infrarrealismo. Su Bolaño es un autor clasicoide, exquisito, cuya obra es un “arcón” y cuya lecturas clave parecerían ser ortodoxas. Por supuesto tampoco se hace ninguna mención de su oposición violenta a Octavio Paz. Domínguez omite toda referencia a este enfrentamiento. Tampoco menciona a Mario Santiago Papasquiaro, compañero espiritual y literario de Bolaño. Ni informa de sus lecturas esenciales (desde los beats hasta Nicanor Parra). Nótese que debido a que Domínguez evita conocer e informar las fuentes y afinidades de Bolaño, prefiere fantasear libros que pudo haber leído. El hecho de que un pretendido crítico fantasee lecturas en lugar de investigarlas o discernirlas en el tejido del autor que comenta, por supuesto, nos dice todo del estado de la crítica literaria que Domínguez encabeza.

Acto seguido, Domínguez oculta que él fue uno de los críticos que jamás se enteró de la literatura infrarrealista o de Bolaño en particular. Revísese todos los escritos de Domínguez y se verá que no existe mención a Bolaño hasta tiempo después de su canonización global. A Domínguez le pasó de noche todo el mundo de Bolaño, como le pasó de noche Ulises Carrión, y toda la literatura hecha en México (o por sus tránsfugas) opuesta al modelo paceano. Domínguez es uno de “los profesores perezosos” que “ante la evidencia de que el canon tendría que ser modificado por culpa del chileno” (9) no tuvieron más que fingir que lo conocían. Pero justo esta pereza es lo que Domínguez lleva algún tiempo intentando ocultar. Domínguez convierte a Bolaño en Domínguez, para así él mismo no ser el Domínguez que nunca logró reconocer a Bolaño o su mundo mexicano.

Otra realidad que Domínguez debe esconder es que la construcción de la celebridad de Bolaño no sólo se debe a tratarse de un buen escritor sino al hecho de ser usado por editoriales, la academia y la crítica para revitalizarse. Dice: “Tampoco cosechan demasiado crédito quienes… adjudican la posteridad de Bolaño a una siniestra operación del mercado editorial” (9). El tipo de prosa pseudo-crítica de Domínguez comienza por caricaturizar la posición que desea negar.

Domínguez, en estos casos, nunca cita: discute con sus propias reducciones al absurdo. Las caricaturizaciones de este tipo de crítica son parte de su grandilocuencia circense. ¿Quiénes son los críticos que Domínguez dice parafrasear o retratar? No lo dirá. Más bien le interesa ocultar su participación en la especulación mercantil de publicar un libro que Bolaño decidió mantener inédito, como borrador o prueba, algo muy común en los novelistas modernos, como quizá sabe Domínguez, pero que prefiere olvidar, esconder a los lectores. Domínguez escribe lo que la Alfaguara necesita.

Este servicio, entre publicitario y demagógico, es coronado por Domínguez así: “La historia de la literatura también incluye a quienes la hacen materialmente posible, a los editores… a los agentes literarios, unos y otros con sus miserias y grandezas” (10). Esta afirmación, además de ser una perogrullada, excluye la crítica; está escrita como si alguien negara que la literatura está hecha de ediciones y, sobre todo, como si “hegemonía” de la literatura fuese una noción innecesaria si le llamamos “historia” de la literatura. Domínguez escribe para retroceder la crítica y los lectores antes del marxismo y la teoría crítica. Domínguez siempre tendrá frases altivas y falaces (highbrow) sobre todo aquello que desconoce.

Una vez que su función como crítico conservador y ahora comercial ha sido ocultada y justificada (por si alguien no se traga su ocultamiento), Domínguez reintenta deshacer a Bolaño: “Y por último: hace rato se demostró la flojera mental de quienes necesitaron… ‘vender’ a Bolaño como un poeta maldito o como un enganchado a las drogas que, milagrosamente, dejó no sólo una obra magnífica… sino un arcón de inéditos sólo comparable, insisto, al del poeta portugués Fernando Pessoa” (10). Como podemos leer, los trucos de Domínguez se repiten incansablemente: usar frases que son coartadas para no argumentar (“hace rato se demostró…”), caricaturizar lo que discute (la “flojera mental de quienes…”), incluso contradecir lo que ha dicho (poco antes ha aseverado que atribuir al mercado una manipulación es una “teoría de la conspiración” pero ahora nos dice que hay “quienes necesitaron… ‘vender’” a Bolaño) y, finalmente, vuelve a imaginar la obra de Bolaño como un arcón (botín) disfrazable, es decir, presenta al Bolaño disidente como un heterónimo (menor) inventado por el Bolaño conservador.

“No tengo nada en contra de los malditos…. pero Bolaño resultó de otra estirpe, la de los Thomas Mann…. Sé que la anterior afirmación molestará a quienes ven en Bolaño sólo la iconoclastia y el postvanguardismo, pero me temo que se equivocan” (10-11). En Domínguez Michael, decir “los malditos” es otra de sus caricaturizaciones. ¿A quién se refiere exactamente? A nadie.

Además, llama la atención que Domínguez tenga una visión de la literatura como una serie de “estirpes”. Este imaginario se debe a la visión burguesa, retro-aristocrática, de pensar la literatura como una serie de prestigiosas familias, donde los “malditos” quizá serían las “ovejas negras”. De nuevo, obviamente, Domínguez recae en las infaltables generalizaciones caricaturescas (“a quienes ven… sólo la iconoclastia”). Pasa las páginas discutiendo con enemigos que son sus propias simplificaciones.

Toda esta charlatanería conduce a Domínguez a contradicciones hiperbólicas. Por ejemplo, si en página 11 dijo que El espíritu de la ciencia-ficción “es una buena novela de juventud”, ya en la 12 aclara que Bolaño no la publicó “absteniéndose de publicaciones precoces”. El aparato retórico con que Domínguez trata de justificar sus grandilocuencias hace que su prólogo tenga un fuerte sabor a brindis bohemio, paráfrasis escolar y Wikipedia, es decir, prosa carente de conocimiento de primera mano y análisis, que finge ser culta mediante listas y exaltaciones, y cuyas generalidades forman lectores filisteos o ingenuos.

Domínguez requiere presentar su versión edulcorada de Bolaño como una historia de adquisiciones patrimoniales y ritos de iniciación (¡legitimaciones ridículas!), un constante y ostentoso barajeo patriarcal de nombres y referencias respetuosas y pequeños sobresaltos. “Yo, si el ejemplo sirve, leí primero a Rulfo, Paz y al Boom, y después, no sin la mirada reprobatoria de mi padre por desviacionismo, a H. P. Lovecraft, Isaac Asimov o Arthur C. Clarke)”, nos dice de modo involuntariamente cómico, ya que “Hay que buscar en otro lado” (su “otro lado” es una de sus típicas enumeraciones) y, claro, rematando con la puerilidad: “En la Universidad Desconocida… Bolaño fue el fundador y único alumno” (15).

¿A qué viene toda esta teoría de la literatura como gazmoñería? Domínguez siempre ha retratado al escritor valioso como un episódico señorito sitiado por mojigatas devociones y escrúpulos, pero a quien, sin embargo, debemos venerar como un arrebatado y santo solitario letrado, cuyas aventuras son lecturas entre privilegiadas e irónicas.

No es casual que el prólogo de Domínguez termine hundido en fraseologías huecas, que se dotan de respeto mediante su habitual recurso de listas de autores que no ha leído y conclusiones falaces (por universalizantes e incluso mal redactadas): “La gran aportación de Bolaño a la literatura mundial… fue… variar la noción de futuro en la literatura moderna. No fue el único pero en ello Bolaño fue ejemplar, y la primera prueba la tenemos aquí, escrita en Blanes, en 1984, el año de Orwell, acaso no casualmente” (15). Domínguez es como un Funes que visto sin la parodia metafísica borgeana se revela como un falso erudito que recita repertorios de apellidos y fichas para esconder que no tiene nada más que aportar sino resúmenes, pastiches e infantilizaciones de otras fuentes.

La prosa de Domínguez brinca de un asunto a otro, catapultada por máximas y exageraciones, que salpica con filas de nombres que lo validan o él quiere validar, esperando deslumbrar lectores incautos con juicios terminantes y enumeraciones calculadas. Este procedimiento es compartido por casi todos los reseñistas de Letras Libres y la República de las Letras en México y otras partes.

Así, por ejemplo, hacia el final de su prólogo finge conocer la literatura del norte de México (14) y la ciencia ficción global (14-16). Domínguez muy frecuentemente publica crítica para hacer creer que ha escrito crítica. Christopher Domínguez Michael: el crítico como fingidor.

Como remate, El espíritu de la ciencia-ficción es publicado en una portada verde, que combinada con las portadas blanca y roja de las nuevas ediciones de Los detectives salvajes y 2666, cronológica y cromáticamente, ¡forman la bandera nacional mexicana! Y, no lo olvidemos, los colores del Partido Revolucionario Institucional, bajo cuyo cobijo el grupo paceano al que pertenece Domínguez Michael ha construido su poder cultural.

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Se trata de una colonización de Bolaño, a quien se intenta cooptar, neutralizar, para que resulte un autor “clásico” y domesticado, cuya obra y órbita no incite a otros a releer la literatura mexicana como una hegemonía de derecha. Se trata de neutralizar a Bolaño como factor de descontento.

La obra de Bolaño exigiría una autocrítica de la literatura mexicana que primero lo ninguneó y después lo desapareció. Con tal de no enfrentar esa autocrítica, Domínguez, crítico oficial, realiza un acto de charlatanería, en que inventa un Bolaño conservador a la medida de lo paceano, despojándolo de todo su oposición, fingiendo incluso que todo el mundo histórico y axiológico de Los detectives salvajes no existe, como tampoco la crítica esporádica pero feroz al mundillo literario mexicano que Bolaño dejó en entrevistas o en certeras páginas de 2666. Domínguez busca borrar la memoria y provocar lecturas lánguidas. Como botín de guerra cultural, El espíritu de la ciencia-ficción marca el momento en que Bolaño ha sido puesto enteramente en manos de sus enemigos.

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Posdata: he fotografiado 3 páginas para difundir la visión (novelesca) de Bolaño sobre los intelectuales en México, España e Hispanoamérica en general.

  1. Los intelectuales mexicanos según Bolaño en 2666:

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2. Los escritores hoy según Bolaño en El gaucho insufrible:

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3. Los nuevos intelectuales en Hispanoamérica y España según Bolaño en Los detectives salvajes:

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