CARTA A UN CRÍTICO DE DERECHA LITERARIA

Screen Shot 2016-06-14 at 19.42.55

CARTA A UN CRITICO DE DERECHA LITERARIA

La literatura mexicana entró ya en proceso de disolución; la alianza entre críticos ortodoxos, escritores mediocres y funcionarios corruptos la desintegró. La crítica fue decisiva de esta decadencia editorial. La mafia literaria mexicana es sustentada por criterios estéticos contrainsurgentes (hoy neoconservadores): una crítica literaria tomada por la derecha cultural. Esa crítica de derecha reseña y repudia; borra y antologa. Esa crítica de derecha es la autora intelectual del desplome de la literatura mexicana.

Durante algunas décadas, el genio mundial de Rulfo, el prestigio de Paz, Fuentes, Monsiváis, decenas de obras y figuras sobresalientes mantuvieron a flote a la literatura mexicana, aunque (colectivamente) nunca alcanzó el nivel de la peruana, la argentina, la chilena, la brasileña, la norteamericana o la cubana en nuestro continente americano (que hizo la mejor literatura de segunda mitad del siglo XX). Pero en el siglo XXI, la mediocridad monopolizó la literatura en México y tú, Christopher Domínguez Michael, eres quizá el principal crítico literario cómplice de esta entropía tragicómica, su apologeta lateral.

Comenzaré con una incómoda pregunta. Cuando un lector mexicano busca el libro de crítica que le introduzca al conflictivo núcleo de esta literatura nacional, ¿qué libro debiera llegar pronto a sus manos? La ciudad letrada de Ángel Rama. Pero tus libros, inferiores a los de Rama, usurpan este sitio. El hecho de que Rama sea un crítico prácticamente desconocido para las últimas generaciones debiera ser razón suficiente para clausurar este medio intelectual… que existe gracias a que ignora, desdeña o hace permanente guerra sucia a la crítica.

Comentaristas reaccionarios como Guillermo Sheridan o Fernando García Ramírez, por no nombrar la retahila de jóvenes colaboradores retrógradas que clonan (como pueden) tu estilo y el de estos dos señores, componen el deleznable ambiente de derecha literaria que es Letras Libres que, por otra parte, nunca ha sido otra cosa que una derecha (estilizada) que no puede decir su nombre.

Esta derecha vergonzante posee una larga historia: es la Pazificación de la crítica y es la lírica de la rendición cultural post-revolucionaria. Tú, Domínguez, eres uno de los cachorros del Paz Institucional, quien decidió petrificarse como escritor al volverse un monumento en los años ochenta y noventa neoliberales. Esta estatua, probablemente, será derrumbada por antipaceanos. Pero a Paz, antes, lo decapitaron ustedes, los paceanos. La prosa de los paceanos es Paz menos la poesía furtiva; prosa hecha solo de fe en las trampas de Paz: imágenes del otro vía vituperio y vacuidad. Renglones de bonita y hueca música.

Ahora quiero dirigirme a ti, Domínguez. Leo tu largo ensayo “Ulises Carrión: ‘All work and no play makes Jack a dull boy’” (Letras Libres, núm. 210, junio de 2016), donde consignas tu desazón por los cambios recientes en el “canon”. Temes que escritores como Mario Santiago Papasquiaro o Ulises Carrión agiten el archivo de la literatura en México. Te escandalizas que estos cambios ocurrieron a contracorriente de los estamentos y represas que tanto cuidas, y te espanta que la refiguración acaeció de noche, sin que nadie haya solicitado tu venia o la de tu patrón.

Comentaré tu texto para mostrar tus hábitos de falacia y facilidad. Dices “La forma en que uno y otro se han impuesto en el gusto de la élite letrada me llama la atención”. Tomas el giro “élite letrada” para neutralizarlo, a sabiendas de que la política cultural de la derecha consiste en apropiarse de las causas de la crítica y buscar desactivarlas. Además, a Carrión o Papasquiaro lo han procurado, sobre todo, jóvenes, que encuentran en ambos autores un eco a sus curiosidades técnicas y descontentos urbanos. Tu crítica, Domínguez, falsea. Eres tú el vocero de la élite letrada (escandalizada).

Los constantes falseamientos de tu crítica son generalmente encubiertos por el despliegue de fraseologías de “buen gusto”, prejuiciosas y reductoras, donde verbos, adjetivos, motes, son repartidos con táctica malevolencia y exquisita inopia. Promueves una lectura mediocre en que recetas risas ortodoxas donde tu poca capacidad de lectura subversiva es la coartada irónica para que otros se vanaglorien de leer aún menos. Donde debieras analizar pasajes o entender formas, colocas fraseologías basadas en la estrechez de tu gusto.

Otro error vertebral que cometes es tomar tus preferencias personales como vara para asignar valor metafísico al mundo. Dices, por ejemplo: “Sin la fama que Bolaño le transmitió, [Papasquiaro] no habrá dejado de ser lo que fue y es: un poeta mediocre…”. Aquí debieras decir: “a mí, Christopher Domínguez, crítico de Letras Libres, no me gusta la poesía de Papasquiaro”. Pero escribes, en cambio, un juicio universal sin prueba alguna. Mientras no argumentes tus juicios, Domínguez, no entrarás a la crítica.

Las opiniones y predilecciones tajantes de Baudelaire y Borges no valen primordialmente por su índole asertiva o su valor de verdad, sino porque nos permiten conocer la persona literaria de estos grandes escritores. Incluso sus caprichos, errores, hipérboles son parte de su arte poética, de su construcción de un alter ego, su drama ingente, que adereza o complementa la brillantez de su obra. Tus opiniones y predilecciones, Domínguez, por no tratarte de un escritor sobresaliente, en cambio, se reducen a ser las opiniones y predilecciones de un crítico literario prepotente, autoritario, que parece no darse cuenta que no es Baudelaire o Borges.

Junto a estos errores epistemológicos, también sistemáticamente, incurres en referencias que, en realidad desconoces, por ejemplo después de ningunear a Papasquiaro hablas de Ginsberg (haciendo criptomnesia de un ensayo más bien acartonado de Paz, ¿ahora lo recuerdas?), pero, ¿cómo puedes condenar a Papasquiaro y a una abstracta legión de supuestos acólitos si, en verdad, desconoces substancialmente a Ginsberg? Es notorio que constantemente nombras, enumeras y lanzas sentencias ampulosas sobre autores que ambos sabemos que no conoces en ningún sentido profesional o significativo.

Lo mismo ocurre cuando ya creyendo despachar a Carrión haces una lista de poetas y artistas experimentales de quienes no tienes el menor conocimiento serio y, sin embargo, tu obra entera depende de este tipo de name dropping, antroponimia y bibliografías engañosas que buscan impresionar incautos. Cuenta el número de autores que nombras en tu ensayo; esa gran cantidad esconde tu pequeño entendimiento de todos y cada uno de ellos.

Dices que Carrión se perdió en la posvanguardia. Pero debieras aceptar que quien se perdió la posvanguardia por completo fuiste tú, Domínguez. Creo que debes abandonar hacer listas de lecturas que no has hecho y dejar de llenar párrafos con referencias de alta cultura inmediata en que pasas de Wittgenstein a Arrigo Lora Totino en cuestión de segundos, sin entrar a fondo en nada, como ocurre en tu largo ensayo sobre Carrión ¡en que no analizas, no lees, nada de Carrión! Citas para no encontrar; comentas para no pensar; aludes para eludir: ¡escribes para no leer!

Además, de entrada, resulta curioso que (ahora…) elogies a Bolaño, tomando en cuenta que durante décadas fuiste parte del palco que fingía que Bolaño no existía. El hecho de que escritores como Bolaño o Carrión hayan escapado a tu radar durante medio siglo más bien debería obligarte a una sísmica autocrítica, si no es que a una decorosa jubilación.

La inexistencia de autores como Bolaño o Carrión en el mapa de la crítica literaria mexicana exhibe su ineptitud. Si la crítica literaria oficial no pudo identificar, dar seguimiento, editar, releer, anotar a autores como Carrión y Bolaño, ¿cómo tomarla en serio? Te podría dar decenas de ejemplos de obras y autorías sobresalientes que han escapado de tu mirada. Ha llegado la hora de la autocrítica, estimado paceano.

Y si autores como Bolaño o Carrión no existieron en tus lecturas, ¿qué podemos esperar de tu sensibilidad hacia otros libros y autorías aún más ocultas, marginales, neomórficas o heterodoxas? Como crítico, Domínguez, eres parte del fracaso reaccionario de la República paceano-krauceana de las Letras. Tu texto para intentar menguar la obra de Ulises Carrión es la mejor prueba de tu fracaso como crítico del siglo XX y XXI; es una especie de acta de defunción de la crítica oficial que simbolizas en México.

Otro error desastroso que repites es reducir ideas, procesos u obras, absurdizarlas, confundir lo rudimentario de tu lectura con la intención del autor o la estructura total de un libro. Este error resalta en tu pobrísima lectura de Poesías de Carrión. En tales párrafos te vuelves un crítico filisteo, que promueve la tontería y la irreflexión. Paradoja: tú, que pretendes la crítica más culta provocas los efectos más filisteos.

Fingiendo que esa obra no es conceptual, le pides otra cosa. Este es un error que cometes todo el tiempo: juzgar una obra por lo que ella no busca. Como si al Quijote pidiéramos brevedad o a Sade, sobriedad. Pareciera que no comprendieras que la crítica es la lectura propicia para lo inesperado; como si no supieras que el crítico es el lector diestro en nuevos aprendizajes y sutilezas, y no aquel que exige a una obra las cualidades que esa obra nunca anheló.

No has sabido leer a Carrión en su propio juego. Al no reconocerlo o ser incapaz de disfrutarlo, entonces, lo condenas y caricaturizas alegando que no cumple las reglas del único juego literario que tú pareces conocer. Adoleces de expectativas de mismidad.

La crítica es la capacidad de disfrutar más de un juego de reglas y desorganizaciones; saber percibirlas ahí incluso donde el autor las ha inventado inconscientemente o en repetición (por azar) suscitando diferencia. Sin este disfrute de varios ludismos, no hay comprensión de la forma estética, no hay, en definitiva, crítica.

Entiendo que tus gustos son muy limitados, y te limitan, pero, entonces, entiende tú esta limitación como un problema. Deja de presumir tan poco perímetro. Desafía tus gustos. Atrévete a perderlos. Entrarás así a la crítica de nuestro tiempo. Extraviar previas preferencias, multiplicarlas, es justo el resultado de una cuantiosa y profunda relación con diversas artes y literaturas.

No escribas, por lo tanto, de recientes estéticas con las anticipadas decepciones de un crítico proveniente de un siglo pasado (que jamás existió). El final de tu texto es la consecuencia de tantos sofismas y autocomplacencias:

“De haber sobrevivido, a Ulises Carrión lo imagino envejeciendo en Other Books and So, en Ámsterdam, ejerciendo el coleccionismo… como el dueño de una tienda de antigüedades, cuyo tesoro sería uno de los sueños fallidos de su siglo: el único ejemplar de un tratado cuyas instrucciones permitirían que el mundo fuese un alegre e iridiscente libro ilustrado sobre el cual todos saltáramos tomados de la mano”

Este final es lamentable por varios motivos. Por principio, porque en lugar de leer la obra de Carrión te pones a fantasear con un Carrión que nunca existió. Además, como no has terminado de leer a Carrión verdaderamente, olvidaste (o nunca te enteraste) que Carrión cerró Other Books and So; por lo tanto, tu fantasía ni siquiera podría haber ocurrido. Other Books and So —para tu información— terminó convertido en un video-manifiesto y en una dispersión mundial de sus materiales.

Es una pena tener que comentar todo esto, Domínguez, pero arrojas tantos absurdos que creo necesario mostrar que en una página presumes la inutilidad de los test de Rorschach y en otra tienes fantasías de involuntario diván. Es obvio que el Carrión senil que imaginas hundido en una tienda de antigüedades nada tiene que ver con Carrión y mucho con tus antiguallas retóricas, por las cuales, incluso, lees tan defectuosamente a Carrión que has podido creerlo un hippie ultra kitsch que quisiera tomarte la mano y saltar contigo. ¿Acaso no leíste que Carrión era escéptico de las redes en las que participaba? Si no pudiste leer ni siquiera eso, ¿qué sí has podido leer?

“No veo a un artesano como Carrión haciendo lo suyo en internet”, escribes, en otra de esas frases que muestran tus escotomas; porque una cosa es que tú no veas la evidente relación del arte correo y las redes electrónicas hoy, y otra que esa relación sí sea perceptible para miles de personas con mejor visión y audición. Has leído tan mal a Carrión que llegas a la conclusión de que el “Gran Monstruo” es la red “y no el establishment artístico cuestionado por Carrión” sin darte cuenta que para Carrión el Gran Monstruo era tanto la red como el establishment.

Tu texto padece una flojera descomunal. Por supuesto, no careces de capacidad intelectual. La tontería de tu texto ocurre porque confías en la tontería de todos tus lectores, y crees que con saturar tu texto de nombres y descalificaciones nadie notará que has leído poco y mal los libros que censas o reseñas.

También respondo con amplitud a tu texto porque conozco que tus publicaciones tienen todavía poder político y callar es concederte más. Eres el crítico central de Letras Libres, la revista de Enrique Krauze que heredó la institucionalidad de Vuelta y que utiliza su red para manipular el destino de la literatura mexicana residual y reciente. Eres el crítico literario de un grupo cultural corrupto. Haberte construido y mantenerte en esa posición es otro de tus fallos: un crítico comprometido con la literatura nunca transige con los enemigos del valor de la literatura. Letras Libres, tu grupo, ha manipulado el canon literario mexicano de modo análogo a cómo el PRI ha manipulado las votaciones. Eres parte del fraude.

Tu estilo tiene la forma de esa política de alta cultura fraudulenta. Despliegas (y simulas) erudición, sentencias con grandilocuencia (y paráfrasis), reseñas con tanta ligereza como presunción, estilizas (convencionalmente) como forma de clasismo, ironizas para defender vetustas jerarquías (absurdizar es tu forma de no-leer) en un licuado prosístico que erige un tono de autoridad cultérrima autosuficiente, highbrow hispánico, que esconde su bufonería palaciega mediante la fachada de un supuesto conocimiento aristocrático. Tu prosa es el desprecio del alto priismo cultural. Tu uso del lenguaje literario es equivalente al uso del lenguaje de los políticos mexicanos de alto rango: un lenguaje que enmascara la ilegitimidad de tu puesto como autoridad.

Tu crítica es el ejercicio de una aristocrática arbitrariedad. Esta aristocrática arbitrariedad cumple en la literatura nacional el mismo rol que la prepotencia de funcionarios gubernamentales. El gobierno golpea y desprestigia a los profesores de primaria y secundaria que se rebelan contra las reformas neoliberales; tú, crítico de derecha literaria, golpeas y desacreditas a los lectores universitarios. Tu higiénica prosa corresponde puntualmente a la política represiva del Estado. Tú eres el estilo literario de la dictadura mexicana.

Como crítico, tú maltratas todo aquello que consideras como parte de las clases bajas de la literatura. Ese maltrato lo ejerces a través de epítetos, sornas, ninguneos, taxonomías que crees inamovibles. Al emplear un altivo desprecio, promueves la formación de lectores dogmáticos, cerrados, cretinos, filisteos e idiotas. Recoge la propia revista donde tanto publicas, léela periódicamente: esa nómina de tiesas y formulaicas escrituras son tus discípulos, tus pagados epígonos, son ellos quienes te continuarán y reemplazarán. Ese será tu principal legado.

Hacer crítica radical es un acto etopoético: al experimentar una obra intensamente, el crítico expande su conciencia, agita su propio ser; sus gustos anteriores dejan de existir y crece su zona perceptual, afectiva, teórica. El crítico es aquel sujeto capaz de entender nuevas formas literarias; aquel que lee sin coraza. Aquel que reporta con destreza la renovación del acto de lectura profunda.

Cuando un crítico ya no es capaz de refigurarse se convierte en un mero juez. Probablemente no lo notará porque muchos lectores aplaudirán su fijeza, ya que un crítico es siempre una amenaza a la hegemonía y un juez, en cambio, su sueño tranquilo. El crítico nos desafía hacia lo desconocido; el juez cultural, legitima nuestro confort.

El joven Rafael Lemus deseaba convertirse en el siguiente Christopher Domínguez. Una década después, Lemus inteligentemente cambió de ruta y, como por dislate del karma, Chistopher Domínguez decidió convertirse en el joven Rafael Lemus. Te invito, Domínguez, a retomar tu educación como crítico; a renunciar a ser, una y otra vez, Christopher Domínguez Michael, infinitamente reincidiendo en las mismas expectativas ante divergentes literaturas.

Te invito, en suma, a olvidarte de ti. La literatura mexicana colapsará en cualquiera momento. Es el mérito de un escritor verdadero escapar de las literaturas nacional-oficiales y globo-mercantiles soltando la mano conforme y tiesa de la satisfecha tecnocracia, los contratistas culturales, la tradición endurecida y el régimen dictatorial. Escribir es la fuga vulnerable. Escribir es devenir disidente alteridad. Escribir es transformarte, transformarte en el otro, el justo punto en que comienza la crítica. Reinicia.