NARCOESCRITURA: UNA CONFESIÓN

Hache

Para Julio Ramos, esta respuesta

Escribir de las drogas es experimentarlas de otro modo; y haber sido experimentado por ellas: las drogas son agentes. Un escritor literario es, sobre todo, lo escrito por lo literario. Pero, por otro lado, escribir literariamente de las drogas también exige escribirlas desde el psicoanálisis y la terapia. Cuando escribo estoy trenzado en más de una disciplina. En la narcoescritura hay necesidad de una crítica y una clínica, que no deben evadirse; de hacerlo, la droga se desrealiza. Al mantenerse juntas, crítica y clínica devienen policía; y su strip-tease. La narcoescritura me coloca en una zona sin salvación posible.

En mi caso —en mi expediente, una especie de archivo hache—, escribir sobre la droga se convierte en una nueva tijuanología, es decir, cuerpo textual en cierta polis; Tijuana Bible de una Nafta-Narco-frontera a finales del siglo XX y principios del XXI, una ciudad hecha y mantenida, sobreviviente, de la droga, una de las primeras narcociudades a plenitud, es decir, sin plenitud en absoluto. Anoto estas transfixiones y colapso de la unidad de visión, para in-corporar aquello que caracteriza al discurso de la droga: su fragmentación, zig-zag plus Has-Been-Zapping, parataxis post 9-11; escribo a modo de ráfaga de sentencias y fallida evasión de la autoridad. Narcoescribo.

Unos hablan de la droga desde el affair, un discurso que si se ha participado del consumo sabemos que es un discurso dominado por Logos de Eros, que comienza con un cariño y desconocimiento, y cuyo Click es amor-odio. La droga como otro “amor”, seducción. Pero lo que la droga agrega a la experiencia del “amor” es la simultánea experiencia confusa de la separación de lo romántico por vía de su sujeto desechado. La droga es un deseo de ser otro después del “amor”, de un amor experimental, un amor-alterado; prefigurado, delirado, por lo romántico y ya de lo romántico expulsado. La droga es el espíritu vagando (con fricción) en el mercado.

El hombre se ha intentado transformar desde la ética, es decir, la etopoética como antropoeisis. La droga es también una forma de cambiar de forma. No podemos ignorar esta tradición, aunque de ella provenga una gran parte de la mitología de la droga. Pero la droga como proyecto de transformación no sólo está históricamente registrado en los chamanismos antiguos y colonizados (sobrevivientes) sino en aquellos usuarios modernos que nos han dejado sus narco-escritos, menos testimonios que confesiones —en el sentido agustiniano que reelabora María Zambrano de la confesión como narración que relata el deseado ascenso de un estado de ser hacia otro— sino, sobre todo, en el propio discurso de los usuarios ordinarios —y aquí acudo a mi experiencia de escucha de otros usuarios hablar de su experiencia de la droga, no sólo como co-partícipes de su consumo sino como confesión durante terapia, en donde hablar de la droga se vuelve, de nuevo, un modo de re-producirse, de trans-formarse, aunque desde otra posición y relación, en que hablar de la droga acaece también como hablar de la re-producción y trans-formación de la propia vida. Y entre un hablar y otro hay una cesura, una ruptura, más bien, una herida, en que la droga pasa de ser amistad, cómplice de lo clandestino, farmacia ilegal o salvación inconscientemente religiosa a ser parte de una condena y/o separación. (Y aquí la fórmula y/o me parece conveniente).

Pero la re-producción y transformación[1] de la droga está forzosamente marcada por la ironía, debido al status ilegal, es decir, normativo, de la sustancia que sirve históricamente como “droga”. Esta destrucción del aura que pudo haber tenido la alteración —y en alteración ahora reúno re-producción y trans-formación— intentada a partir de la droga queda muy bien marcada por el significante narco, cuya forma impide cualquier aura. El signo narco es directamente profano. Apropiado. Al usarlo mantiene cualquier formulación sobre la droga en la posición socioeconómica en que se ha desarrollado. Y entonces en lugar de decir escritor se debe decir narcoescritor y en lugar de hablar de la droga en relación con el supuesto hombre hay que escribir narcohombre, para consignar —y el carácter judicial de este término es nuevamente conveniente— que todo lo que pueda decirse de la droga es dicho bajo el marco de su prohibición, fantasía y fracaso… el Derecho (que es siempre Derecho Internacional, es decir, franciscovitoriano Nomos de la Tierra).

Hay, por lo tanto, un fracaso global de la droga para alcanzar un nuevo hombre, un fracaso prácticamente kafkeano, en que al buscar el nuevo hombre soñado por Cristo y la Modernidad (o, al menos, Kan’t, ©he y Fool-Cult) no se alcanza sino la cucaracha que es el adicto, ese nuevo Caído.

Quien ha sido terapeuta puede conocer (y luego comprender) una y otra vez que la figura del adicto en que un cuerpo puede convertirse (alterarse) está prefigurada (en el mundo oxidentalizado[2]) por Jesucristo, quien es la base de todo per-sonaje oxidental, es decir, de toda coraza reichiana tratando de explotar buscando que los confines se mantengan intactos. (Todo lo Kerouakeano, por ejemplo). El adicto oxidental es una imitación —mayormente inconsciente— de Cristo. La droga es una etopoética (una alteración) por via crucis. La droga es un narcocalvario y el adicto, un narcocristo. Planta o químico resultan intercambiables. Naturaleza y Artificio, una misma época. USA. La droga es el nomadismo de una sociedad inmóvil.

En Tijuana, al crystal se le puede llamar, entre usuarios, “Cristo”. Cuando por primera vez así escuché nombrarle entre adictos (homeless y migrantes, para ser exacto) nunca escuché el menor asomo de ironía o chiste, todo lo contrario, al pedir o nombrar a Cristo, se le hacía de modo que se buscaba dejar clara la separación de órdenes entre lo antes dicho y lo ahora nombrado, marcando lo sagrado, lo separado, de aquello nombrado como Cristo, a punto de ser metido al cuerpo, siempre dolorosamente. Instante vuelto Crucifixión. Cruce y fijeza, Cruci-Ficción.

Pero al separarnos de la escena de absorción del crystal-Cristo es evidente —self-evident— la desigualdad, la parodia involuntaria, la farsa —en el sentido que Marx atribuye a la duplicación histórica hegeliana—, una especie de atroz mistranslation. Este doble pseudo-borgeano es clave porque, ¿qué personaje literario no es Jesús como imposibilidad? ¿qué forma de ser humano oxidentalizado no ha sido una forma de desear-ser Cristo? El fracaso —diría yo— del narco-ser —Heidegger here drops dead— es repetir esta fantasía de transfiguración.

Marx alude a una parte de todo este no-todo cuando aforisma que la religión es el opio del pueblo, álgebra abrahámica que hay que leer como un retruécano, una inversión (acepción reocurrente de crítica), diría él, es decir, un juego (en él inconsciente) de ‘el opio es la religión del pueblo [chino]’.[3]

Marx relaciona lo narco con lo regresivo. Así lo evidencia en el 18 Brumario. Desde Marx, lo narco es lo repetitivo, lo re-ocurrente, lo (segundo) fársico. En Marx, lo que re-ocurre es balsámico (fármaco) porque ayuda a dejar atrás, a dejar-ir, a cerrar, diríamos en psicoterapia, a realizar el (siempre dudoso) duelo, diríamos con un psicoanálisis —almost Denial— no del todo previsto por Freud, pero, asimismo, es regresión, una compulsión a la repetición de las relaciones (económico-sociales) que Marx satiriza. Y quien se ríe del repetidor (siempre un pueblo) revela su risa nerviosa, relajo, es decir, zona compartida, convergencia inquietante, pessoano desasosiego. Consumo, entonces.

La imagen —en el sentido de imagen dialéctica— en que Benjamin dice algo importante acerca de la droga no es —como la obviedad indicaría— en sus páginas sobre el hashish (o la “iluminación profana”)— sino en su re-ocurrencia —su fársica segunda vez de las “Tesis sobre Feuerbach”— de un Marx inédito, inseguro de darse a publicación, por filosófico y, empero, althusséricamente tardío en sus “Tesis sobre la filosofía de la historia”. Ahí Benjamin nos describe su artefacto predilecto, compuesto por el teólogo-enano dirigiendo clandestinamente al autómata, que es un adicto, como la pipa simboliza o, al menos, evidencia. El adicto es revolucionario y teológico, lo que conduce a una praxis no-secular.

En el aparato del judeo-mahómico-cristianismo (mesiánico) alimentando al espíritu moderno-revolucionario hay una exhalación, una narco-exhalación, un narco-aparato. Este es un tercer aparato que rompe la díada (ya hegemónica) del estado como revelatoriamente compuesto de una población animada por una religión. Aquí se agrega casi necesariamente (es decir, históricamente) la droga. Lo narco cumple casi un críptico papel de base y superestructura, de materialidad e ideología. Benjamin artefactúa lo narco de la Historia, aunque nos cueste trabajo todavía percibirlo (como tampoco él lo percibió conscientemente); Benjamin lo concibió al ser concebido estructuralmente. El humo, la industria, el cuerpo, lo narco, que es la pregunta por el sujeto, por la agencia (menor o “mayor”), la pregunta por la tecnología, por el olvido y el llamado Ser. El teólogo-enano es un aparato exudatorio narco. La droga es también una débil fuerza mesiánica.

Lo narco es lo aprotopaico. En lo personal, la droga es un túnel para escapar del dolor. La droga se consume para protegernos de lo real. (Pero no de lo Real-lacaniano, sino de lo real, es decir, de lo real-lacayo). En lo social, lo narco es lo que nos protege del mal augurio que es lo histórico —el hecho de que la profecía sea la karga, la amarga hamaca—; lo narco es lo que adviene como defensa; en defensa contra lo que adviene. Lo narco es lo apotropaico como sistema de defensa (corpóreo, resistencia —horneyiana— básica psicohistórica) ante lo que ocurre y reocurre sin diferencia entre lo primero y lo segundo, porque reina la incertidumbre, la sospecha, la “verdad”, de que el tiempo se espacializa en una comunidad temblorosa y ridícula, norteamericanizada. Kierkegaard arde, what a slog@n! La droga es el norte dentro del sur-usuario; el sur norteado. El adicto es el hígado colgándose a sí de un gancho.

Lo narco es la espera entre una forma social y otra. Una espera que es esperanza, acting out, unhemlich homeless & Homeland, colonización (reocurrencia) penal, remake and retro, & whatever comes next. De ahí la protección, lo apotropaico. Léase, por ejemplo, Elmer Mendoza. El lenguaje popular, lo regional, el habla, funciona ahí como una forma de restar poder, normalizar quizá, ya no ver y escuchar como si fuera un monstruo, al otro, al narco. El lenguaje literario en Mendoza, entonces, experimenta una alteración interesante, se trata de un lenguaje literario que ya no sirve para controlar al otro inferior sino para controlar al otro inferior hegemónico. Canibalizarlo. Volver narco al tabú y totem, en un momento posterior al no-darnos cuenta (non-awareness) que cada vez que nos relacionábamos con lo otro la experiencia consistía en caer en lo narco. Un círculo vicioso en una época sintética en que el tiempo circular y la síntesis dialéctica son ruinas del junkyard.

El narco es el poder adquirido desde la posición inferior. Y ejercido para hegemonizarse desde esa periferia histórica. Entre el ascenso de las clases bajas hacia la posición dominante se ubica el narco. Aquel intermedio (en un mundo donde los extremos desfallecieron), que es tercero póstero a la díada despedida. Siempre en un contexto de interpenetración imperial. El narco es lo (geo)político vivido (más vívido que lo ordinario en denial). El usuario busca adquirir los poderes incompletos, los poderes completos a través de la droga. La droga es el deseo. Es el esclavo fumando al amo. Es el amo inyectándose al esclavo. Es la serpiente queriendo morder su cola, sin cola, sin dientes. La droga es la víbora reducida a su larga carne y sus ojos, sus ojos mirándolo todo. Es justo ese veneno; esa medicina sin medida. Y esa desmesura por autocensura. Siempre de modo concreto, espacio-histórico-temporal, la droga es la fantasía de esta vida.

Es la mitad imaginaria que se busca, la droga es el alter ego-otro, es el fetiche del capital no comprendido por Marx, es la deconstrucción cristiana, aún eurocéntrica, hiperbólica, sahaguniana todavía… vaya crisis (espectacular). Pretende un modo de alteración: re-producción/trans-formación, ya dije (negative capability). Narco: Miss Sophia! Re-Play.

Lo narco en lo escrito se manifiesta como un deseo de que lo deseado ocurra. Hay una carencia en lo ontológico (ya no lo metafísico, sino, como he escrito, lo ontológico) que desea repararse y entre lo material y lo Otro se manifiesta lo narco como transición incierta, incertidumbre, nowhere, No-Man’s-Land, Nemontemi, Third-Space, Turd-Space, my friend. Lo narco es la alteración ocurrida después de la metafísica y antes de la Nada. Lo narco es parte de la crisis de la metafísica. Pero lo narco es también la apertura de lo telefísico. Here It Comes! Welcome to Whateva. La droga es una de las contradicciones del nihilismo. La narco es Dios —ya antes experimentado como crueldad— hoy experimentado como porno.

Ya que todo poder se vuelve una fantasía de control que para querer alcanzarse requiere la experiencia de lo narco, que no es sólo la fantasía ni tampoco es sólo el poder, sino su zona de nadie, su zona, precisamente, de control.

Lo narco es el Control. Burroughs lo formuló de acuerdo a su momento, que, como escritor, confrontó y por el cual, como Kafka consigna, fue derrotado. El escritor es el cuerpo tecnologizado que idiomatiza vía Ex-Parresía (Retórica) la fricción en la temporalidad, experimentada como misterio y como condición socializada, mediática, (re)mediatizante. Lo narco es la ajenidad entre lo uno y lo otro cartesiano. Para ser simbolizado, el cuerpo humano, entonces, agrega una sustancia a lo vivido aquí y ahora y lo vivido después, aquí también. Lo narco no puede comprenderse sin saberse en la cibernética. Oh, Hada Gélida!

El narco es el autoimpuesto aumento de deterioro del cuerpo experimentado en una sociedad de consumo en que la convergencia y la divergencia del cuerpo individual con el sistema se manifiesta como adicción a una sustancia que es experiencia de mejoría, que no es progreso o regreso singularmente. Ahí es donde no sólo reocurre Cristo y reocurre lo judeo-mahometano-cristiano sino, asimismo, la Cooltura Imperante. La época telefísica podría apropiarse del devenir. Y clamarse inocente.

El porno desea asegurar que la inocencia del devenir sea reemplazada por la Lolitización de las cosas. Pero lo telefísico es el enano monaguillo que no puede asegurar que el reemplazo del más allá por lo distante-now devenga necesariamente un orden en que lo sagrado tenga cierta primacía. La época telefísica requiere al Estado-Narco para poder despedirse de la era metafísica y no conseguir llegar a la era siguiente, en que lo humano será alterado por tecnologías. Lo narco es la tecnología pre-moderna manifestándose en la época moderna. Lo narco es la tecnología post-moderna manifestándose en la época moderna (que no fue).

Lo narco es el cuerpo que reacciona a la tecnología, queriendo ser y no ser máquina. El escritor que es narco, el escritor que es tecno, es la técnica manifestándose en una época que ya no busca ascender hacia lo otro sino acercarse a sí misma, una época telefísica, que para acortar la distancia entre ella y ella requiere la experiencia progresiva-regresiva de la droga.

La experiencia nunca es individual, la experiencia es siempre alucinación, audición, alteridad de una colectividad espectral. (Por eso no puede la Razón pensar la droga, escribirla, sin participar de su fantasma). La experiencia es alteridad, metafísica ya más allá de la metafísica y Menos-Acá. Lo narco es la experiencia de esta época, problemática, traumática, histórica antes de dejar de serlo debido al Advenimiento de la Máquina. En la droga está pulverizado el hombre, y el hombre, al dejar de serlo, la consume para evitar lo nuevo-otro.

Pero la Máquina es, asimismo, reocurrencia, lo nuevo ya fue experimentado otramente, ergo, lo existente está cohabitado, fantasmeado cuatridimensionalmente, al menos, ahora, por ese otro, por esos otros, inferiores, alucinados, Colonia fantasmagórica, crucial, narcópolis por todas partes. Lo narco es la sustancia incorporada para volver congruente la existencia del Ser con el ser histórico actual, en crisis. Los Otros ya vienen, sus naves se acercan, tantean, el ser humano que será intervenido otra vez. Lo narco, primitiva interface. Here & After.

El ser debía ser alterado. El narco fue lo experimentado. El narco es una forma de preexistir el futuro. Escribirlo fue reconfigurante. La palabra ahora telefísica, narco, sufrió una alteración, el escritor fue derrumbado por la sustancia triunfante ante el cuerpo humano, pero derrotada ante la dominación imperante, venidera, atravesada, mártir.

El narco es un peligro; ser peligroso es su condición fundamental, no puede haber lo narco sin lo peligroso, por ende, lo peligroso debe ser considerado al final de considerar qu(e/é) es lo narco. Y lo peligroso es que lo narco tiene autoridad, es peligroso, y lo narco, a la vez, es el peligro de que el poder sea alterado. Lo narco, Home Boy, es el poder. La pirámide, que es montón de coca, aspirada. Desvanecida de la mesa de negociaciones. Repartida. Lo narco es lo biopolítico que desea seguir ocultando su colonialidad y, por ende, es regido por ella. La droga es la horizontalidad violenta de lo vertical, la democratización de lo totalitario, la soberanía pulverizada como soberbia de todo individuo y, por ende, totalitarismo fragmental.

El poder ejercido, experimentado, sufrido, como ajenidad inherente. El poder y yo: el narco. La experiencia de la realidad no se define inmediatamente como una relación de poder y, por ende, hay cuerpos que ingresan lo narco para poder experimentarse, de modo pleno, querido como tal. El narco es el deseo de empowerment sin bienestar; malestar de un control adquirido sin Bien Vivir. El narco es el deseo del poder que no se reconoce conscientemente y, por lo tanto, ocurre inconscientemente en el cuerpo individual reiterado. El narco es el deseo de poder inconsciente. El narco es el deseo de poder inconsciente histórico. El narco es el embodiment del poder conflictivo que caracteriza a esta época, la coca de la Historia.

El narco es el deseo de poder inconsciente histórico como una sustancia comercializada en el sistema capitalista a finales del siglo XX y principios del siglo XXI, cuyo precio es variable y, actualmente, fluctúa entre ser una sustancia (mayormente) ilegal y ser una legal, recetada, siempre diferente, sustancia plural, variedad, oferta; y que no puede reducirse a un producto porque el adicto no sólo adora al producto sino que se ofrece como producto sacrificado para el producto que lo consume. La droga es el amor del capitalismo hacia sí mismo ejercido como Pasión y suicidio. La droga es el capital como instrumento contra sí mismo. Das Kapital. Drogarse ha sido, ya por mucho tiempo, el nuevo Manifiesto.

El narco es el conflicto del consumidor con la fantasía general del Orden Social imperante. Lo narco es la guerra del cuerpo contra ser alterado como medio de guerra. Lo narco es la guerra del cuerpo por medio de los instrumentos de guerra existentes. El narco es la alteración desesperada, la alteración artificial, externa como objeto de consumo, como lo otro solamente, geopolítico como resto.

La palabra clave de lo narco —desde lo ‘personal’ hasta lo geopolítico— es “supervisión”. El usuario desea una super-visión gracias a la droga. Es el deseo que tiene el individuo para obtener una super-visión (un super-poder) en una sociedad hiper-vigilada: (a) la droga (se) llega (antes y después de su uso) por/a la supervisión sociofamiliar, por la vigilancia introyectada por el cuerpo individual, canibalizada por el cuerpo singular por el deseo de algo más que ser objeto de esa fuerza pre-individual, diríamos, afectiva, por ese campo reactivo preexistente al individuo, siempre supervisado aún antes de nacer. La droga es el deseo de supervisión.

La droga es el Estado vuelto estado; la Compañía vuelta compañía; es la institución vuelta intuición. Empero, es, asimismo, lo otro que sucede cuando nos cansamos de ser Hombre.

La droga es el Co-Control. Quien U.S.A. una droga desea un control. La droga es el control & the out of control. La droga es ahora, la droga es hoy. Ella es controlada y controla. La droga es aquí y es allá. Es now y meta. La droga es todavía la Verdad y ya es solamente la verdad. La droga es la forma de sobreviviencia dentro de este imperio.

La droga es el criminal y el policía luchando en un sólo cuerpo. El narco es todo sujeto, todo underground, toda comunidad. La droga es la última esquizofrenia & its never ending one-night-stand. La droga es el performance antes del género, porque sin guerra de géneros no habría droga y sin droga no habría ningún género. La droga es la CIA. Lo narco es la crisis —la auto-guerra— de la confesión.

Diciembre del 2014

Notas

[1] Aquí congrego ambas nociones, ambas prácticas, en contraposición a la distinción, más bien utópica (es decir, parcial) que Viveiros de Castro establece entre producción y transformación.

[2] Al referir a “Oxidente” refiero a César Vallejo. Pero también a Fernando Vallejo, en quien narcoliteratura y auto-ficción dejan vislumbrar su correlatividad en la confesión.

[3] Esta inversión en relación con China ha ocurrido también en el artefacto de la mesa alucinada en El Capital.